Hay un objeto en las cocinas portuguesas cuyo nombre resulta sorprendente: salazar. No se trata de una persona, sino de una pequeña espátula de goma o silicona utilizada para rebañar cuencos, sartenes y recipientes y aprovechar hasta el último resto de comida.
El nombre hace referencia a António de Oliveira Salazar, el dictador fascista que dirigió Portugal durante buena parte del siglo XX. Y la relación entre ambos tiene que ver con una de las ideas que el régimen quiso asociar a su figura: la austeridad.

Salazar defendía una vida basada en el ahorro, la frugalidad y la contención. Su propaganda construyó la imagen de un gobernante austero, alejado del lujo y acostumbrado a vivir con poco. Una de las frases que se le atribuyen resume bien esa idea: «un pueblo que tiene el valor de ser pobre es un pueblo invencible».
Con el paso del tiempo, sin embargo, esa imagen oficial adquirió también una dimensión humorística. Entre los portugueses, Salazar empezó a asociarse con la tacañería y con la obsesión por no desperdiciar nada. Y ahí aparece la espátula: un utensilio cuya función consiste precisamente en no dejar que se desperdicie ni una sola cucharada.
Por eso, en Portugal, este sencillo utensilio acabó recibiendo el nombre de salazar, como si el dictador hubiera encontrado su equivalente perfecto en un objeto de cocina: algo pequeño, austero y dedicado a aprovecharlo todo.
La historia tiene además una curiosa ironía. Salazar dejó el poder en 1968 y murió en 1970, pero su apellido continúa presente en algunas cocinas portuguesas. La dictadura desapareció, pero el «salazar» sigue sirviendo para rebañar el plato.
Y quizá no haya mejor ejemplo de cómo la memoria histórica puede acabar apareciendo en los lugares más inesperados: incluso en el cajón de los utensilios de cocina.