El 11 de marzo de 1526 se celebraba una boda en Sevilla, pero no era una boda cualquiera: el hombre más poderoso de la cristiandad, Carlos I de España y V de Alemania, se casaba con una de las princesas más codiciadas del Atlántico, Isabel de Portugal. Lo que se celebró en los Reales Alcázares no es solo un enlace dinástico: es un movimiento maestro en el tablero europeo. Hay que recordar que en el Antiguo Régimen los matrimonios reales no eran cuentos de hadas: eran tratados diplomáticos.

Carlos no necesitaba únicamente una esposa; necesitaba estabilidad, legitimidad y dinero. Mucho dinero. Gobernaba un imperio inmenso y fragmentado, acosado por guerras en Italia, tensiones religiosas en Alemania y recelos en la propia Castilla. Isabel aportaba una dote sustanciosa, sí, pero también algo más valioso: el respaldo de la poderosa casa de Avís, heredera del rey Manuel I de Portugal, señor de las rutas hacia África, Asia y Brasil.
La boda sellaba algo más que una alianza sentimental: consolidaba la frontera más estable de la Península y reforzaba la cooperación entre dos coronas que ya se repartían el mundo desde 1494. Castilla miraba a América; Portugal dominaba el Índico. Unidas por la sangre, ambas potencias podían respirar con más tranquilidad frente a Francia y a las ambiciones de otras monarquías europeas.
De una boda a una corona compartida
Aquel enlace plantó una semilla que germinaría medio siglo después. En 1578, la muerte sin herederos de Don Sebastián de Portugal en el desastre de Alcazarquivir, donde las fuerzas portuguesas fueron completamente derrotadas por el ejército de la dinastía Saadí proveniente del norte de África. Aquello sumió a Portugal en una crisis sucesoria. Sin descendencia directa, el trono quedó en disputa. Y entonces entró en escena el hijo de aquella boda sevillana: Felipe II.
Nieto de Manuel I por línea materna, Felipe reclamó sus derechos dinásticos. A finales de 1580, el duque de Alba invadió Portugal con un poderoso ejército y acabó por imponerse militarmente, así Felipe II sería reconocido por las Cortes de Tomar en 1581 con el título de Felipe I. Nace así la llamada Unión Ibérica: durante sesenta años, España y Portugal compartieron monarca.
Conviene matizar: no fue una fusión total. Portugal conservó leyes, instituciones, moneda y administración propias. Fue una unión de coronas, no de Estados. Pero el efecto geopolítico fue colosal. Bajo un mismo rey se extendía un imperio que abarcaba desde México hasta Brasil, desde Angola hasta Goa, desde Sevilla hasta Manila.

La sucesión de Felipes
A Felipe II le sucedió en 1598 su hijo Felipe III (aclamado en Portugal como Felipe II), pero la nueva política dirigida desde Madrid tendió a centralizar la administración, a aumentar los impuestos y a tomar una serie de impopulares medidas que hicieron surgir un nuevo movimiento de resistencia portugués conocido como Sebastianismo (del que hablaremos en nuestro blog más adelante) y que básicamente consistía en la creencia de que Don Sebastián no había muerto en Alcazarquivir y que iba a volver para salvar a Portugal. Fueron muchas las fakenews de la época en las que aparecían reyes encubiertos en oposición a la Unión Ibérica.
Felipe II murió en 1621 y le sucedió Felipe IV (Felipe III en Portugal) que confió su gobierno en el conde duque de Olivares. Su proyecto político —centralizador y ambicioso— aspiraba a reforzar la cohesión de todos los territorios de la monarquía mediante una mayor contribución fiscal y militar.

El 1 de diciembre de 1640, un grupo de conspiradores tomó el palacio de Lisboa y proclamó rey al duque de Braganza como Juan IV de Portugal. Comenzaba la Guerra de Restauración. Tras casi tres décadas de enfrentamientos y negociaciones, la Corona española reconoció finalmente la independencia portuguesa en 1668.
Así se cerraba la Unión Ibérica: sesenta años de monarquía compartida que habían nacido de una compleja red de derechos dinásticos y que terminaron desbordados por la política fiscal, la guerra y la defensa de las identidades propias.