En el imaginario colectivo portugués, pocos iconos son tan reconocibles como el Gallo de Barcelos. Con su cresta roja, pico amarillo y cuerpo negro decorado con puntos de colores y corazones, esta pequeña figura de barro se ha convertido en uno de los grandes emblemas de Portugal. Sin embargo, detrás de este objeto decorativo —presente en innumerables hogares y tiendas de recuerdos— se esconde una leyenda medieval marcada por la injusticia, la fe y el milagro.
La leyenda nos sitúa en la Edad Media, en la villa de Barcelos, al norte de Portugal. En aquel tiempo, la población vivía alarmada por un crimen cuyo autor no había sido identificado. El miedo se extendía por la comunidad hasta que, pocos días después, llegó a la villa un extranjero: un peregrino que recorría el Camino de Santiago.
En una comunidad pequeña, donde todos se conocían, la presencia de un forastero despertó sospechas inmediatas. Sin pruebas concluyentes, el peregrino fue arrestado, acusado del asesinato y condenado a morir en la horca. Antes de la ejecución, pidió hablar con el juez que lo había sentenciado, con la esperanza de demostrar su inocencia.
El milagro del gallo de Barcelos
El peregrino fue conducido ante el juez, que en ese momento celebraba un banquete. Sobre la mesa había un gallo asado. Señalándolo, el condenado pronunció unas palabras que pasarían a la historia: “Es tan cierto que soy inocente como que ese gallo cantará cuando me ahorquen.”
Los presentes se burlaron de él. Sin embargo, por precaución, nadie tocó el gallo asado. Cuando el peregrino fue llevado a la horca y la ejecución estaba en curso, ocurrió lo imposible: el gallo se levantó y cantó. El juez, sorprendido, corrió hasta el lugar de la ejecución y encontró al hombre todavía con vida, ya que el nudo de la cuerda estaba mal hecho. Convencido del error, lo liberó y le permitió marcharse en paz.
De artesanía local a símbolo nacional

© Câmara Municipal de Barcelos
En Barcelos, la producción de pequeños gallos de barro era una tradición artesanal centenaria. Estas figuras servían como decoración doméstica o como juguetes infantiles. Sin embargo, durante siglos la leyenda fue conocida principalmente en el ámbito local.
El salto a símbolo nacional se produjo en 1955, en pleno régimen dictatorial. El entonces ministro de propaganda, António Ferro, identificó el potencial del gallo como emblema cultural. Consideró que esta pieza de artesanía, unida a su relato legendario, representaba algo auténticamente portugués y fácilmente reconocible en el extranjero.
A partir de entonces, el Gallo de Barcelos fue promovido dentro y fuera del país, hasta convertirse en un icono nacional y en sinónimo visual de Portugal. Lo que había sido una tradición local pasó a formar parte de la estrategia de proyección cultural del Estado.
Hoy, el Gallo de Barcelos no es simplemente un souvenir. Es la materialización de una narrativa que combina religiosidad popular, justicia simbólica y construcción identitaria. Su éxito demuestra cómo una leyenda local puede transformarse en un símbolo nacional… y en el logotipo de nuestro blog.